miércoles, 16 de enero de 2013

LA MATANZA DE LOS ZANGANOS


La matanza de los zánganos


Después de la fecundación de las reinas, si el cielo continúa claro y cálido el aire, si el polen y el néctar abundan en las flores, las obreras, por una especie de olvidadiza indulgencia, o quizá por excesiva previsión, toleran algún tiempo más la presencia importuna y ruinosa de los zánganos. Estos se conducen en la colmena como los pretendientes de Penélope en la casa de Ulises. Llevan en plena francachela y gaudeamus, la ociosa existencia de amantes honorarios, pródigos y sin delicadeza; satisfechos, barrigones, llenan las avenidas, obstruyen los pasadizos, dificultan el trabajo, atropellan, son atropellados, y se les ve azorados, importantes, hinchados de desdén, aturdidos y sin malicia, pero despreciados con inteligencia, y segunda intención, inconscientes de la exasperación que va acumulándose contra ellos y del destino que los aguarda. Eligen para dormitar a sus anchas el rincón más tibio de la morada, se levantan perezosamente para ir a chupar en las celdas abiertas la miel más perfumada, y mancillan con sus excrementos los panales que frecuentan.
zangano de ojos blancos producidos por una mutación genética 

Las pacientes obreras miran el porvenir y reparan silenciosamente los desperfectos. De mediodía a las tres de la tarde, cuando la campiña azulada tiembla de fatiga feliz bajo la mirada invencible del sol de julio o de agosto, aparecen en el umbral. Llevan un casco formado de enormes perlas negras, dos altos penachos animados, un jabón de terciopelo leonado y frotado de luz, una melena heroica, un cuádruple manto rígido y translúcido, hacen un ruido terrible, apartan las centinelas, derriban a las ventiladoras, tropiezan con las obreras que llegan cargadas de botín. Tienen el andar atareado, extravagante e intolerante de dioses indispensables que salen en tumulto a cumplir algún gran designio ignorado por el vulgo. Uno tras otro afrontan el espacio, gloriosos, irresistibles, y van tranquilamente a posarse en las flores más vecinas, donde duermen hasta que el fresco de la tarde los despierta. Entonces vuelven a la colmena en el mismo torbellino imperioso, y siempre desbordantes del mismo gran designio intransigente; corren a las despensas, hunden la cabeza hasta el cuello en las cubas de miel, se hinchan como ánforas para reparar las agotadas fuerzas, y ganan con pesado paso el buen sueño sin pesadillas ni preocupaciones que los recoge hasta su próxima, comida.
 en el recuadro podemos observar los tres ojos compuestos

Pero la paciencia de las abejas no es igual a la de los hombres.
Una mañana comienza a circular por la colmena la consigna esperada, y las apacibles obreras se transforman en jueces y verdugos. No se sabe quién da la consigna; emana de repente de la indignación fría y razonada de las trabajadoras, y de acuerdo con el genio de la república unánime tan pronto como se pronuncia llena todos los corazones. Una parte del pueblo renuncia a salir en busca de botín para consagrarse aquel día a la obra justiciera. Los gordos holgazanes dormidos en descuidados racimos sobre las paredes melíferas, son arrancados bruscamente de su sueño por un ejército de vírgenes irritadas. Se despiertan beatíficos y sorprendidos, no pueden dar crédito a sus ojos, y su asombro logra apenas asomar a través de su pereza, como un rayo de luna a través del agua de un pantano. Se imaginan víctimas de un error, miran en torno suyo estupefactos, y la idea matriz de su vida se reanima en sus torpes cerebros, y les hace dar un paso hacia las cunas de miel para reconfortarse en ellas.

Pero pasó ya el tiempo de la miel de mayo, del vino flor de los tilos, de la franca ambrosía de la salvia, del serpol, del trébol blanco, de la mejorana. En lugar del libre acceso a los buenos depósitos rebosantes que abrían bajo sus bocas sus brocales de cera, complacientes y azucarados, encuentran en torno un ardiente matorral de dardos emponzoñados que se erizan. La atmósfera de la ciudad ha cambiado. El amigable perfume del néctar ha cedido su lugar al acre olor del veneno cuyas mil gotitas resplandecen en la punta de los aguijones y propagan el rencor y el odio. Antes de haberse dado cuenta del derrumbamiento inaudito de todo su destino de ocio y de regalo, en el trastorno de las leyes dichosas de la ciudad, cada uno de los azorados parásitos se ve asaltado por tres o cuatro ajusticiadoras que se esfuerzan por cortarles las alas, aserrarles el pecíolo que une el abdomen al tórax, amputarles las febriles antenas, dislocarles las patas, dar con una juntura de los anillos de la coraza para hundir en ella su dardo.

Enormes pero inertes, desprovistos de aguijón no piensan siquiera en defenderse, tratan de escapar ú oponen únicamente su masa obtusa a los golpes que los abruman. Derribados de espaldas, agitan torpemente, en el extremo de sus poderosas patas, a las enemigas que no sueltan su presa, o girando sobre sí mismos arrastran el grupo entero en un torbellino loco pero pronto exhausto. Al cabo de cierto tiempo están en un estado tan lamentable, que la piedad, que nunca está muy lejos de la justicia en el fondo de nuestro corazón, acude a toda prisa y pediría gracia aunque inútilmente, a las duras obreras que sólo reconocen la ley profunda y seca de la Naturaleza. Las alas de los desdichados quedan laceradas, los tarsos arrancados, las antenas roídas, y sus magníficos ojos negros, espejos de las flores exuberantes, reverberos del azur y de la inocente arrogancia del estío, dulcificados entonces por el sufrimiento, no reflejan ya más que el desconsuelo y la angustia del fin. Los unos sucumben a sus heridas y son inmediatamente arrastrados por dos o tres de sus verdugos a los lejanos cementerios. Otros, menos heridos, logran refugiarse en algún rincón en que se amontonan y donde una guardia inexorable los bloquea, hasta que se mueran de inanición.
Muchos logran ganar la puerta y escapar al espacio arrastrando a sus adversarias, pero, al caer la tarde, hostigados por el hambre y el frío, vuelven en masa a la entrada de la colmena, implorando un abrigo.
Tropiezan con otra guardia, inflexible. Al día siguiente, a su primera salida, las obreras barren el, umbral en que se amontonan los cadáveres de los gigantes inútiles, y el recuerdo de la raza ociosa se extingue en la ciudad hasta la siguiente primavera.
  Maurice Maeterlinck,  “El espíritu de la Colmena”

jueves, 10 de enero de 2013

UBICACION DE LOS PANALES EN LA COLMENA

Ubicación De Los Panales En La Colmena



Los panales conforman el esqueleto o estructura rígida del organismo “Colmena”. Un panal es una estructura rígida formada por celdillas (cavidades) hexagonales opuestas que comparten caras entre si y el fondo. Estas celdillas que unidas entre si,  forman los panales, son utilizadas para cuidar la cría, acopiar alimento, dar rigidez al panal y cuando están llenos de miel; formar panales para reserva de energía y aislamiento térmico del organismo. Las colmenas tienen varios panales yuxtapuestos que dejan entre si como galerías por donde transitan las abejas calentando el nido, alimentando la cría o depositando el alimento. Estos pasillos tienen dimensiones estables según la raza de abejas.
 apis cerana

Conviven en la colmena tres tipos de individuos: La Reina, hembra madre de todos los demás individuos; Las obreras, hembras estériles dedicadas a realizar toda la logística de la colmena y los Zánganos o machos responsables de la fecundación de las futuras reinas.
Celdillas:
Cada tipo de individuo se cría en su etapa larval en distinto tipo de celdillas y la miel, principal reserva de alimento y de aislamiento térmico es depositada en un cuarto tipo de celdilla.
Resumiendo, tenemos las características Celdillas Reales o Realeras destinadas a criar la Reina. Las celdillas donde se criaran las obreras, las destinadas a la cría de los zánganos y por último una cuarta categoría de celdillas destinadas a contener la miel.

Cada tipo de celdilla ocupa un lugar característico en la estructura formada por los panales.
Por lo general la miel es depositada en la parte superior de los panales y llenando la totalidad de las celdillas de los panales periféricos del nido a fin de aislarlo térmicamente. Estas celdillas tienen un tamaño intermedio a las de cría de obrera y a las de cría de zánganos.
Las celdillas para cría de obrera son las mas pequeñas y se ubican por debajo de la miel en los panales centrales del nido.
Las celdillas para criar zánganos son de mayores dimensiones y son labradas por las obreras en las esquinas inferiores de los panales que bordean el nido. Por lo general las obreras inducen a la reina a poner óvulos para criar zánganos después de haber criado gran cantidad de obreras.
La reina se cría en una celda muy especial, mucho mas grande que las demás, que tiene la forma de una bellota, o un maní y sobresale del panal con la punta para abajo. Se la denomina “Celda Real”  o “Realera”.
Estas celdillas ocupan distinto lugar según cual fuere el impulso que indujo a su formación.
Ante la falta abrupta de la reina las obreras crían varias Celdas Reales en cualquier parte del área de cría de obrera, pero si deciden reemplazar la reina actual por otra mas eficiente, labran una o dos Celdas Reales (Realeras) muy grandes en el centro del panal de cría de obrera y por último, en oportunidad de enjambrar, labran Realeras como rosarios en el borde inferior del panal.
 apis florea

Opérculos:
Las celdillas son cubiertas con una tapa u opérculo que es distinto para cada tipo de celdilla:
Las celdas de cría se operculan con un material poroso para que las crías puedan respirar, es de color ocre mate y su aspecto es inconfundible porque tiene marcado los bordes de las celdas. Si es de zángano parece un estampado de balines, y si es de obrera, el trazado de las celdas le da un aspecto de un mosaico hexagonal.
En cambio el sellado de la miel es hermético y está hecho de cera pura, -aunque hay excepciones- es liso y las celdas pueden estar marcadas por pequeñas depresiones, pero sin el dibujo grabado de las de cría.
Por último tenemos la excepción, un quinto tipo de celdilla; hay una celda que si bien tiene el tamaño de la celda de larva de obrera, su opérculo tiene la forma de la celda de zángano. Son las celdas de la postura de la  “Obrera ponedora”. Son larvas de pequeños zanganitos.
Como norma: La cría de obrera ocupa la parte inferior y media de los panales centrales del nido, digamos los seis centrales; la cría de zángano se ubica en los panales periféricos del nido en las esquinas inferiores de los mismos, el segundo y noveno, puede contener también algo de polen. Por último la miel en el nido de cría se acumula en la parte superior de todos los panales y en los panales de los bordes formando una capa aislante, este puede también contener polen.

Cuando deseamos agregar panales o intercambiar panales en una colmena debemos recordar este orden estricto que ocupan los panales. No se debe colocar panales con celdillas de zángano en los lugares centrales, estos siempre van a ambos lados en los bordes del nido. Tampoco conviene utilizar los panales de miel para la cría ya que son de diámetro superior que los de cría. Por razones inexplicables a veces las obreras labran en el centro del panal celdillas para zángano, estos panales pueden ser reutilizados siempre que la superficie de las celdillas para zángano no fuere excesiva y como norma, en el borde del nido o en los dos extremos de la cámara de cría para que lo llenen de miel. Nunca en el centro del nido ya que las abejas no utilizarán las celdillas ni para zángano, -ya que prefieren los bordes del nido- ni para obrera por ser muy grandes. Las llenaran con miel dispersando la cría de obrera, lo que hace que la tarea de incubación resulte mas costosa e ineficiente. El nido deberá extenderse a otros lugares como ser las alzas superiores y se perderá energía para calentar el nido y el espacio destinado a la miel estará ocupado por cría.
Se tiene la creencia que si se colocan tiras de cera estampada en vez de colocar toda la plancha; las obreras estirarán celdillas de zángano y esto no es tan así. Si el cuadro con una tirita de cera estampada se coloca dentro del área de cría de obrera, labrarán celdas para obrera y si la colocamos cercas de los bordes del nido es probable que terminen labrando celdas de zánganos. De todas maneras, por mas que coloquemos láminas completas de cera estampada en las periferias del nido, las obreras labraran celdillas para zánganos en los bordes inferiores de los mismos.

Orlando Valega de “Apícola Don Guillermo”

miércoles, 2 de enero de 2013

¿QUIEN GOBIERNA LA COLMENA ?


¿Quién Gobierna en la Colmena? :
¿La Reina, Las Obreras, Las Feromonas o Serán Inteligentes?
  


Estos 60000 individuos que componen la colmena se mueven y cumplen sus diversas funciones como si fuera un organismo superior. Pero en los organismos superiores una parte de sus células componen el tejido cerebral de donde provienen los impulsos nerviosos que rigen la vida del mismo. En la colmena ¿Quién o Qué grupo de individuos gobierna?  ¿Quién le indica a la colmena que hay que renovar la reina? ¿Quién le dice cuando enjambrar? ¿Cuándo hay que producir cera? O Mas Zánganos? ¿o Cuando hay que matarlos porque ya no son útiles?

Hay autores que siguen afirmando que la reina gobierna y otros que son las obreras que conducen a la colmena.  Que tanto los zánganos como la reina son esclavos de las obreras, otros dicen que tienen una inteligencia química en referencia al flujo de feromonas que inunda la colmena.
Ninguna duda que las feromonas de la reina influyen muchísimo sobre los demás componentes de la colmena, no solo sobre su comportamiento sino en su desarrollo fisiológico, pero no decide cuando enjambrar, ni cuando salir a fecundarse o matar los zánganos.
Son las obreras que empujan a la reina a enjambrar y la conducen y construyen su nueva morada. Si una reina no puede salir para acompañar al enjambre porque el apicultor le puso irracionalmente una rejilla excluidor en la piquera, las abejas creyendo que ella se resiste, la empujan y tironean hasta que logran sacarla, aunque mejor no sea, en pedazos y enjambran igual a un destino de muerte.
Son las obreras que obligan a la reina a salir en su vuelo nupcial y le marcan el camino de regreso con feromonas de Nassanov.


Son las obreras que matan los zánganos cuando se aproxima el periodo de receso floral.
Son también las obreras que deciden cuando criar zánganos construyendo celdillas especiales mas grandes después de haber criado gran cantidad de obreras hermanas.
Son las obreras que alimentan la cría pero cuando falta el alimento son ellas también las que deciden eliminar una parte de las larvas.
Son las obreras las que detectan las larvas enfermas o consanguíneas y las eliminan.
Casi todo está ejecutado por las obreras. Con su extraordinario olfato rastrean fácilmente los alimentos a largas distancias y una vez logrado el botín vuelven sin equivocarse al mismo lugar de donde partieron, la colmena.

Perciben las futuras condiciones climáticas y en base a ese pronóstico ejecutan algunas tareas como el acopio de propóleos o la expulsión de los zánganos.
El Escritor Maurice Maeterlinck, en su libro la “Vida de las abejas” representaba a ese desconocido poder conductor de los destinos de la colmena como el “Espíritu de la Colmena”.  
 Orlando Valega  de “Apícola Don Guillermo”

EL ESPÍRITU DE LA COLMENA


 El Espíritu De La Colmena 
La Reina no da orden alguna y se encuentra sometida, como el último de sus vasallos, al poder oculto y soberanamente sabio que llamaremos, mientras no tratemos de descubrir dónde reside, «el espíritu de la colmena». Pero ella es allí la madre y el órgano único del amor. La ha fundado en la incertidumbre y la pobreza. La ha repoblado sin cesar con su sustancia (feromona), y todos cuantos la miman, obreras, machos, larvas, ninfas, y las jóvenes princesas cuyo próximo nacimiento va a precipitar su partida, y una de las cuales la sucede ya en el pensamiento inmortal de la especie, han salido de su vientre.

«El espíritu de la colmena» ¿Dónde está y qué encarna? No es semejante al instinto particular del pájaro que sabe construir su nido con destreza y que busca otros cielos apenas reaparece el día de la emigración. No es tampoco una especie de costumbre maquinal de la especie, que sólo quiere ciegamente vivir y que choca con todos los ángulos de la casualidad en cuanto una circunstancia imprevista perturba la serie de los fenómenos acostumbrados. Por el contrario, sigue paso a paso las circunstancias todopoderosas, como un esclavo inteligente y listo que sabe sacar partido, de las órdenes más peligrosas de su amo.
Dispone implacablemente, pero con discreción y como si estuviera sometido a algún gran deber de las riquezas, la felicidad, la libertad, la vida de todo un pueblo alado. Regula día por día el número de los nacimientos y lo pone en estricta relación con el de las flores que iluminan la campiña.
Anuncia a la reina su destronamiento o la necesidad de que parta, la obliga a dar la vida a sus rivales, cría previamente a éstas, las protege contra la saña política de la madre, permite o prohíbe, según la generosidad de los cálices multicolores, la edad de la primavera y los probables peligros del vuelo nupcial, que la primogénita de las princesas vírgenes vaya a matar en su cuna a sus jóvenes hermanas que entonan el canto de las reinas.
Otras veces, cuando la estación avanza, cuando se acortan las horas floridas, ordena, para clausurar la era de las revoluciones, y apresurar la vuelta al trabajo, que las obreras mismas asesinen a toda la descendencia real.

Este «espíritu» es prudente y económico, pero no avaro. Parece que conociera las leyes fastuosas y algo locas de la Naturaleza en cuanto atañe al amor. De modo que, durante la abundancia del verano, tolera, como que entre ellos si elegirá su amante la reina que va a nacer, la presencia incómoda de trescientos o cuatrocientos machos aturdidos, desmañados, inútilmente atareados, pretenciosos, total y escandalosamente holgazanes, ruidosos, glotones, groseros, sucios, insaciables, enormes. Pero cuando la reina está fecundada, cuando las flores se abren más tarde y se cierran más temprano, una mañana decreta fríamente la matanza general y simultánea.
Reglamenta el trabajo de cada una de las obreras. Distribuye, de acuerdo con su edad, la tarea a las nodrizas, que cuidan las larvas y las ninfas; a las damas de honor que proveen al mantenimiento de la reina y no la pierden de vista; a las ventiladoras que azotando las alas ventilan, refrescan o calientan la colmena, y apresuran la evaporación de la miel demasiado cargada de agua; a los arquitectos, a los albañiles, a las cereras, a las escultoras que forman la cadena y edifican los panales; a las saqueadoras que salen al campo en busca del néctar de las flores que se convertirá en miel, el polen que sirve de alimento a las larvas y las ninfas, el propóleos que sirve para calafatear y consolidar los edificios de la ciudad, el agua, y la sal necesarias para la juventud de la nación. Impone su tarea a las químicas, que garantizan la conservación de la miel instilando en ella, por medio de su dardo, una gota de ácido fórmico; a las tapadoras que sellan los alvéolos cuyo tesoro está maduro; a las barrenderas que mantienen la meticulosa limpieza de las calles y de las plazas públicas; a las necróforas que llevan lejos de allí los cadáveres; a las amazonas del cuerpo de guardia que velan día y noche, por la seguridad de la entrada, interrogan a cuantos van y vienen, examinan a las adolescentes a su primer salida, espantan a los vagabundos, los sospechosos y los rateros, expulsan a los intrusos, atacan en masa a los enemigos temibles y si es necesario barrean la puerta.

«El espíritu de la colmena», en fin, es el que fija la hora del gran sacrificio anual al genio de la especie, hablo de la enjambrazón, en que un pueblo entero, llegado a la cúspide de su prosperidad y de su poderío, abandona de pronto a la generación futura todas sus riquezas, sus palacios, sus moradas y el fruto de sus fatigas, para marcharse a buscar a lo lejos, la incertidumbre y la desnudez de una nueva patria. He ahí un acto que consciente o no, va más allá de la moral humana. Arruina a veces, empobrece siempre, dispersa inevitablemente, la ciudad dichosa para, obedecer a una ley más alta que la dicha de la ciudad. ¿Dónde se formula esa ley que, según hemos de verlo en seguida, está lejos de ser fatal y ciega, como se cree? ¿Dónde, en qué asamblea, en qué consejo, en qué esfera común funciona ese espíritu a que todos se someten, y que está, él también, sometido a un deber heroico y a una razón que siempre mira al porvenir?
Sucede con nuestras abejas como con la mayor parte de las cosas de este mundo; observamos algunas de sus costumbres y decimos.
hacen esto, trabajan de esta manera, sus reinas nacen así, sus obreras permanecen vírgenes, enjambran en tal época. Creemos conocerlas con esto y no pedimos más. Las miramos revoloteando de flor en flor, observamos el ir y venir palpitante de la colmena; esa existencia nos parece muy sencilla, y limitada, como las demás, a los instintivos cuidados del alimento y la reproducción. Pero que el ojo se acerque y trate de darse cuenta... ahí está la complejidad espantosa de los fenómenos más naturales, el enigma de la inteligencia, de la voluntad, de los destinos, del objeto, de los medios y de las causas, la organización incomprensible del más mínimo acto de la vida.
Maurice Maeterlinck

EL PASTOR DE LAS ABEJAS

miércoles, 26 de diciembre de 2012

LOS ZANGANOS


Los Zánganos
  Unos pocos de ellos pueden llegar a inseminar alguna reina (en cuyo caso mueren)- no hacen absolutamente nada: Grandes, gordos, torpes y glotones, se los reconoce fácilmente por su figura rechoncha, parecida a un pesado abejorro, y la punta de su abdomen roma y peluda. Carece de aguijón. Son mantenidos por las obreras mientras dure el buen tiempo y pudieran llegar a ser necesarios; pero cuando la temporada declina, son arrojados de la colmena y mueren de hambre y de frío. Y si se los ve en alguna colmena fuera de época, es un mal indicio: Es una familia huérfana o cuanto menos defectuosa; en suma, con algo que anda mal.

Al zángano solamente se le atribuye su existencia para la fecundación de  las reinas, aunque hay autores que le dan otras funciones, como es dar calor a la colmena y su olor servirá de excitante o acicate para el trabajo de las obreras, aunque todavía no esta muy definida la misión del zángano en la colmena.
El zángano no trabaja porque la naturaleza no le ha dotado de herramientas de trabajo, como puede ser su aparato bucal en el que la lengua es más corta y no esta dotada para recoger el néctar de las flores, siendo estos alimentados por las obreras, calculándose que cada zángano se come la producción de seis abejas.
Su último par de patas no tiene cestillas para almacenar polen y propóleos y transportarlo a la colmena.
El zángano es más grande, peludo y oscuro que las obreras.
Los ojos compuestos son muy grandes y circulares, mientras que la obrera los tiene en forma de pera.
El zángano sale poco de la colmena y cuando lo hace es en las horas centrales del día.
Los zánganos normalmente no tienen colmena fija, pues entran y salen de ellas sin que las abejas los molesten, pero esto solo ocurre cuando hay una buena entrada de néctar a la colmena, cuando éste escasea las obreras los expulsan o matan sin piedad, ocurriendo esto en otoño, cuando las floraciones ya son muy escasas y además los zánganos innecesarios, siendo difícil ver estos en la colmena en los meses de invierno.
Jesús Llorente Martínez Dr. Veterinario

No tienen nada que hacer, ninguna presa que perseguir. Se les ofrece el alimento preparado ya, y pasan la vida sorbiendo miel de los mismos panales, en la oscuridad de la colmena. Pero son los agentes del amor y a los dones más enormes y más inútiles se arrojan a manos llenas en el abismo del porvenir. Uno entre mil de ellos tendrá que descubrir, una vez en la vida, en lo profundo del azul del cielo; la presencia de la virgen real. Uno entre mil tendrá que seguir un instante por el espacio, la pista de la hembra que no trata de escapar. Basta con eso. La potencia parcial ha abierto hasta el extremo, hasta el delirio sus inauditos tesoros. A cada uno de esos amantes improbables, de los que novecientos noventa y nueve serán asesinados pocos días después de las bodas del milésimo, la Naturaleza le ha dado trece mil ojos de cada lado de la cabeza, cuando la obrera sólo tiene seis mil. Ha provisto sus antenas, según los cálculos de Cheshire, con treinta y siete mil ochocientas cavidades olfatorias, cuando la obrera no posee más que cinco mil. He ahí un ejemplo de la desproporción que se observa en todas partes poco más o menos lo mismo, entre los dones que acuerda al amor y los que regatea al trabajo, entre, el favor que, esparce sobre lo que da vuelo a la vida en un placer, y la indiferencia en que, abandona a quien se mantiene pacientemente en el afán.
Maurice Maeterlinck

El zángano, individuo macho de la colonia es el responsable de la fecundación de la reina una vez que madura a los 20 días. Sale y se separa de la colonia hasta 2 dos kilómetros de distancia y se reúne con otros zánganos formando como una zona de fecundación o zona zanganera que atrae a las reinas. Este alejamiento del zángano de su colonia hace que sea muy difícil el apareamiento entre consanguíneos
A los 7 a 8 días de nacida, la reina saldrá de la colmena emitiendo sonidos y olores
característicos, emprendiendo así  el vuelo nupcial. Sale de la colmena buscando la “Zona Zanganera” adonde hace un vuelo rasante. 

Las feromonas de la reina atraen a los zánganos dotados de extraordinario olfato, y enseguida emprenden la persecución ayudado por su espectacular visión. El zángano mas rápido y el que vuele mas  alto logrará darle alcance a la reina y podrá fecundarla; La reina es fecundada por 15 zánganos aproximadamente provenientes de otras colmenas para lo que requiere de varios días y sucesivos vuelos nupciales para volver luego al promediar la tarde a su colmena seguida de un enjambre de machos que se caen cerca de la colmena exhaustos por la gran carrera. Los espermatozoides de estos llenarán una cavidad interna (espermateca) cuya función es mantenerlos con vida por varios años, si ella siente que su espermateca esta llena  baja a la colmena y se recluta ahí, de lo contrario al otro día emprende nuevos vuelos nupciales. A los dos o tres días de haberse producido la fecundación, la reina comienza con la postura de huevos,  no saliendo de la colmena excepto para enjambrar.

BASES FISIOLÓGICAS PARA LA CRIA DE REINAS


La Reina 

Bases Fisiológicas Para la Cría de Reinas

La cría de nuevas reinas tiene su lugar bien establecido en el ciclo anual de la colonia de abejas. Esta no se hace permanentemente, sino que está vinculada a ciertas condiciones y ciertos factores que la provocan. Una colonia de abejas “normal”, que se halla en un “estado armónico”, no cría reinas jóvenes.
La actividad de los criadores de reinas se orienta justamente hacia la creación óptima de estas premisas en la colonia y en el empleo racional de los factores de la  provocación. La cría de reinas como tal es un problema de la colonia de abejas. En este sentido, toda cría de reinas en la colonia es “natural”. Por ello, todos los intentos y los métodos detallados están escritos de tal manera que el desarrollo de la cría natural de las reinas en la colonia sea presentada con todos sus detalles biológicos. Solamente sobre esta base se puede poner a punto una técnica impecable de organización óptima y productiva de la cría de reinas.

Según la razón por la cual se crían reinas, todo manual de apicultura diferencia reinas de enjambrazón, reinas para el reemplazo tranquilo y reinas de salvamento. Es frecuente la opinión de que, por tratarse de procedimientos completamente distintos, el resultado y por lo tanto la calidad de las reinas es también diferente. En lo que sigue tenemos en cuenta esta clasificación, pero sin olvidar que debido al estado fisiológico de la abeja y a su comportamiento instintivo, se trata de un proceso único, que en esencia conduce a resultados idénticos.
Cuando la reina se pierde inesperadamente, aparecen en las obreras, además de otros cambios de comportamiento, la tendencia de criar reinas de larvas que inicialmente habían sido destinadas a ser obreras. Para esto, las celdas hexagonales y estrechas de obreras son transformadas en celdas reales anchas, en forma de campana, y las larvas reciben jalea real El salvamento, así como el reemplazo natural, son bastante independientes de la temporada. En cambio el número -y la calidad- de las reinas criadas dependen visiblemente de la condición general de la colonia (poder, estado de alimentación) y de las condiciones exteriores. Generalmente se pueden criar reinas en el caso de orfanización, siempre que existan larvas jóvenes.

Pero si es vigorosa y las condiciones exteriores son favorables, incluso una colonia con celdas reales de salvamento puede enjambrar. De aquí resulta que no existe una diferencia fundamental entre los distintos tipos de enjambrazón de las reinas. En un solo punto importante difiere el salvamento no controlado de las demás formas de reemplazo de las reinas: el período en que la larva empieza a recibir el cuidado específico para la reina difiere dentro de límites muy amplios.
Las celdas de obreras que contienen huevos no sufren casi nunca cambios en las colonias huérfanas. La forma de la celda tampoco cambia, no se pone jalea real al lado del huevo. En cambio las larvas provocan muy rápidamente “el instinto de salvamento”. Pero las abejas huérfanas no diferencian las larvas de edades distintas. Otorgan cuidados específicos para la reina tanto a las larvas muy jóvenes, así como a las que se hallan en el límite de la posibilidad de transformarse en reinas. El resultado es que si las abejas tienen la posibilidad de escoger libremente las larvas, las celdas reales tienen larvas de edades muy distintas. Por ello en el caso de estas crías, las primeras reinas que nacen son las menores y lo peor desarrolladas, por nacer de las larvas más viejas. Al hacer una “cría silvestre” en un panal de crías de una colonia nodriza en la que se introduce paralelamente una serie de larvas muy jóvenes, las reinas “silvestres” son por lo menos un día antes aptas para la eclosión comparadas con las reinas resultantes del traslarve. Debemos tener en cuenta esto cuando la colonia nodriza no fue controlada.

Se ha sostenido a menudo que las reinas de salvamento no se desarrollan en condiciones óptimas, ya que resultan de larvas que no tenían desde un principio el destino de reinas. Que estas suposiciones no son correctas resultan de las experiencias realizadas, con la condición de que el salvamento se realice con las larvas más jóvenes.
FRIEDRICH RUTTNER

Buscar este blog